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Mónica odiaba el agua. Siempre la había odiado. Nadaba mal, con la desagradable sensación de que su cuerpo pesaba demasiado. Ni mar, ni piscinas, ni lagos o ríos. Sólo le gustaba el agua de su bañera o la de su ducha. Acababa de cumplir treinta y cuatro veranos admirablemente llevados. Una hermosa y abundante cabellera rubia enmarcaba unas facciones quizá demasiado estereotipadas. Sus largas caminatas por el parque habían modelado agradablemente su silueta, con un aire seductor de niña adulta. Estaba casada desde los diecinueve años en una unión que, a los ojos de todos, había sido un sueño. Ambos venían de dos familias de la alta sociedad bostoniense, descendientes de los Padres Fundadores de la Constitución norteamericana, Mónica de los Osborne, y Magnus T. (Timothy) de los Ray. La familia de Mónica aportó en dote dos altos hornos con más de cuatro mil empleados, y una decena de lujosas propiedades repartidas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, sumando el veinte por ciento de uno de los bancos con mayor auge del país.

No tenían hijos, y la pareja conocía una crisis persistente. Mónica estaba convencida de que su marido la engañaba. Nunca había dado demasiada importancia a las uniones pasajeras de su marido. Por su educación, consideraba que ese tipo de relaciones femeninas entraba dentro de la norma social que debía aceptar. Las escasas ocasiones en que cenaban juntos en su preciosa casa de Huntington Avenue su marido no se atrevía a levantar la mirada, contentándose de monosílabos educados pero distantes.

La última vez que habían hecho el amor se perdía en las brumas de su memoria. Por eso, cuando Magnus T. le propuso para celebrar su aniversario de bodas un lujoso crucero de Southampton a Nueva York, a bordo del navío más extraordinario que surcaba los mares, a Mónica le costó negarse. Odiaba el agua y su marido lo sabía, pero Magnus T. había sabido encontrar los argumentos para convencerla. El majestuoso navío era un verdadero palacio flotante, con ese lujo inusitado que tanto le fascinaba. Sobre todo, el astuto Magnus T. le había dado a entender que deseaba seducirla nuevamente.

Durante los cuatro primeros días de la travesía el comportamiento de su marido había sido irreprochable. Habían bailado juntos después de exquisitas cenas, brindado con el mejor champaña de Reims, y hecho el amor en dos rápidas ocasiones, tanto como en los últimos cinco años.

Hacía mucho frío aquella noche. Habían cenado temprano y bailado como dos jovencitos enamorados hasta cerca de las diez. Magnus T. pidió otra botella de champaña y condujo a su mujer al lugar más recóndito de la popa. Mónica sentía un agradable calorcillo en el vientre, llegando a pensar que su marido tenía la intención de besarla y acariciarla a hurtadillas. Encontró su actitud particularmente primitiva y romántica.

Arropada con un elegantísimo abrigo de piel de nutria, Mónica se acodó a la barandilla, permitiendo por primera vez que su mirada siguiera la estela blanca creada por las dos gigantescas hélices del navío.

La cabeza le daba vueltas, y su marido le ofreció otra copita de deliciosas burbujas doradas, entregándole la botella. Mónica la cogió con la mano derecha y brindó con la opuesta. No podía ver el rostro de su marido en la oscuridad casi completa. Supuso que sonreía.

Estaba en lo cierto. Magnus T. sonreía con un rictus de sadismo. El viento agitó una lámpara de popa, iluminando un instante el rostro de su marido. Mónica leyó su destino en aquellos ojos tan fríos. Una sensación de pánico la invadió, y sus dedos intentaron agarrarse a la barandilla. Cuando la empujó brutalmente por encima de la balaustrada, Mónica solo dejó escapar un sonido gutural de espanto.

El contacto con el agua helada fue brutal. Había caído desde una altura de una decena de metros, y el choque le arrancó un quejido lastimero. Un dolor fulgurante corrió por su brazo izquierdo, propagándose a todo su cuerpo. La primera bocanada de agua salada le hizo toser y vomitar un poco de bilis con un mucho de champaña. Sus gestos desordenados apenas le permitían conservar la cabeza fuera del agua. Mónica se cansó enseguida. El peso del abrigo complicaba sus movimientos, pero el frío excesivo la mantuvo con una lucidez asombrosa. Se estaba ahogando. Estaba viviendo en sus carnes la peor de sus pesadillas. Su mano derecha golpeaba el agua tratando de mantenerla a flote. A lo lejos y entre dos cortas olas, la silueta soberbiamente iluminada del navío se alejaba hacia al Oeste, recortándose en la noche sin luna.

La botella había caído al suelo, tal y como lo había supuesto Magnus T. Las huellas dactilares de su mujer abundarían en el cuello de vidrio.

Magnus regresó al interior, atravesó una larga cursiva y subió a la cubierta E, deteniéndose un instante en la magnífica escalera adornada con madera de roble.

Eran las 22h07. Magnus T. acababa de cometer el crimen perfecto. Esperaría media hora antes de empezar a buscarla con la ayuda de algún miembro de la tripulación, presentando la imagen misma de un marido desesperado.

Las uñas perfectamente manicuradas de Mónica se clavaron en algo sólido mientras tragaba otra bocanada de agua salada. Una masa blancuzca la golpeó en el costado, arrancándole un nuevo gemido. Acabó por tomar conciencia de que estaba agarrada a un enorme bloque de hielo. Se izó como pudo, ayudándose incluso con el brazo herido. Estuvo a punto de desmayarse de dolor, pero el frío le devolvió la conciencia. Empezó a tiritar de manera incontrolable.

El cerebro de Mónica trabajaba a toda prisa. Su marido la había empujado por la borda para heredar su fortuna. Sin testigos. Un crimen irreprochable. Los camareros habían presenciado sus múltiples libaciones durante la velada. La imagen de la agradable chimenea instalada en el Café Parisien arrancó a Mónica unas lágrimas de desasosiego. Dejándose ganar por el pánico, un miedo visceral, insoportable y arrollador invadió su mente. Sus gritos de espanto se perdieron en la soledad del agua. Una ola más violenta que las precedentes cubrió el témpano de hielo, salpicándola con sus afilados y helados dardos. En breve su cuerpo se deslizaría por la pendiente cayendo de nuevo el agua. El terror la consumía, sabiéndose incapaz de resistir a su muerte cierta.

El chirrido del metal frotando contra una superficie dura le devolvió parte de su conciencia. No podía recordar el tiempo que llevaba desvanecida. Tampoco podía mover ni uno solo de sus huesos, en avanzado estado de hipotermia.

Tres pares de manos la asieron por brazos y piernas. Luego sintió un choque no demasiado rudo. Alguien trataba de hablarle, pero Mónica no comprendía lo que le decía. La cubrieron con mantas, aunque su cuerpo no sentía calor alguno. El coñac vertido en sus labios la hizo toser. Se estaba ahogando de nuevo.

Mónica se despertó en un lugar extraño. Por las vibraciones de los motores y las oscilaciones, supuso que se encontraba de nuevo en un barco, otra vez rodeada de agua por todas partes. Su suplicio continuaba. Al cabo de un momento empezó a distinguir otra clase de sensaciones. Consiguió girar la cabeza y abrir los ojos. Se encontraba en un salón abarrotado. Decenas de personas cubiertas de mantas ocupaban hasta el mínimo espacio disponible. Todas parecían absortas en las más trágicas emociones. Un marino se acercó a ella, sorprendido de encontrarla despierta. Llevaba un gorro blanco con una cinta negra rodeando la base. Mónica distinguió un nombre escrito con letras de oro: “CARPATHIA”.

A las 23h45 del 14 de abril de 1912, Magnus T. fumaba un habano mientras uno de los oficiales le ofrecía otro vaso de whisky para reconfortarle. A pesar de todos los esfuerzos de la tripulación, su esposa había desaparecido. Solo habían encontrado una botella de champaña y una copa rotas sobre la cubierta de popa.

El choque contra el iceberg tiró su vaso al suelo. Los dos hombres cruzaron una mirada sorprendida. El oficial se excusó, marchándose a toda prisa. A medianoche la mala noticia había corrido como la pólvora. El navío hacía agua irremediablemente. Diez minutos después, un mensaje surcaba las ondas, únicamente comprensible para los iniciados al idioma morse: “CQD CQD CQD CQD CQD CQD de MGY MGY MGY MGY MGY position 41.44 N 50.24 W“.

Veinte minutos más tarde la proa se sumergía. A la 01h45 el agua alcanzaba la cubierta de botes. Magnus T. había recuperado otro vaso y una botella nueva. Las mujeres y los niños primero. Cuando estalló la cristalera y el barco se partió en dos, el reloj de la hornacina anunciaba la fatídica hora: 02h10. Magnus T. nunca supo si el último trago que se llevó a los labios era el resto de su exquisita malta del Tennessee, o un borbotón de petróleo mezclado con agua salada.

Mónica fue la primera persona que recuperaron los marinos del Carpathia cuando acudieron al lugar en el que se había desarrollado el drama naval más significativo de todos los tiempos. 705 personas fueron salvadas con ella. El Titanic, en el que navegaba su marido, reposaba definitivamente a cuatro mil metros de la superficie, con 1.523 pasajeros y miembros de la tripulación a bordo.

Unos meses más tarde, Mónica Osborne se había recuperado admirablemente. Se encaprichó de un estibador del puerto de Boston, un fornido irlandés un poco menor que ella. En sus brazos conoció placeres y sensaciones de los que ignoraba hasta la existencia.

Mónica Osborne jamás volvió a subirse a un navío de cualquier clase, ni siquiera a un simple bote varado sobre la arena…